
Los deseos son una especie de secretos que sólo nos contamos a nosotros mismos; desde pequeños aprendemos que los deseos se piden, pero no se dicen. Téngase en cuenta que los deseos no son cosas que se quieren, sino que se anhelan. El truco está en que no tenemos sobre ellos ninguna certeza. Se desea detener el reloj, o acelerarlo para que llegue algún momento… los deseos siempre enlazan con el tiempo. Se desean de verdad los cuerpos sólo cuando se desean las almas, cuando buscamos una unión imposible con otra persona. Dice Martín Garzo que amar es tratar de descubrir un secreto en el otro.
Se pueden hacer muchas cosas con los deseos; por ejemplo, tratar de recordar cual fue el primero. O bien, trate de hacer un inventario con todos los deseos que ha pedido a lo largo de su vida e imagine qué habría sucedido de cumplirse todos.
Es de suponer que quien no esconde un deseo ha muerto: incluso aquel que se olvidó de sí mismo guarda un deseo. Todas las personas guardan dentro de sí un anhelo profundo, alguno que escribieron con tinta imaginaria cuando eran pequeños y guardaron en un cofre. Sólo hay que volver a mirar al niño, volver a encontrar ese deseo, porque seguramente guarda lo mejor de cada uno, o lo mejor para cada uno; todo por lo que luchamos un día y que con los años ha ido quedando enterrado en el desván de nuestra conciencia. Todos enterramos un tesoro en el parque, con aquel pájaro que murió, y debemos volver allí, apartar las hojas secas y desenterrarlo; ser capaces de volver a buscar a ese niño que se quedó mirando la tierra, que aún espera, ayudarle a escarvar y devolverle el cofre y liberarnos. Tal vez eso es la literatura.